En las islas, las estaciones son algo quimérico; una convención extravagante que nos obliga a pensar en meses desolados y húmedos mientras lo que sopla por nues­tra esquina, a lo mejor, es el si­roco. En las islas, en realidad las estaciones parecen empezar cuando terminan en el continente más viejo. Entonces su­cede que el otoño y el invierno son tan fantasmales e impreci­sos como el territorio insular del que hablaron los antiguos:San Borondón, la isla que apa­rece y desaparece entre el mar y la bruma del horizonte.

Tanto en el archipiélago mayor como en el archipiélago chinijo (La Graciosa, Ale­granza, isla de Lobos, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste), el tiempo vienedado por una climatología be­nigna que hace que el viajero entable una suerte de complici­dad con el espacio. Aquí, el único paraíso posible es aquel que nos reconcilia con el terri­torio circundante, si es que al­guna vez hubo una era en la que no existían las inclemen­cias que hacen de la naturaleza un paisaje hostil a veces.

Todo el archipiélago canario, y por supuesto las tres islas orientales de la provincia de Las Palmas (Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura), al aliciente de su largo y cálido verano, que se prolonga más allá de octubre y noviembre, une muchos otros, entre los quecabe destacar los de índole pai­sajística y ecológica.

Volcanes, litorales de regusto africano, bosques de laurisilva, barrancos de exuberante vege­tación, parajes desérticos, entre otros encantos que, con abru­madora ingenuidad, pregonanlos folletos turísticos, consti­tuyen buena parte de lo que al visitante ofertan estas islas atlánticas.

Son 19 los parques naturales que se reparten entre las tres geografías insulares, y también 19 los parajes considerados de protección especial. Junto al resto de las islas (Tenerife, LaPalma, La Gomera y El Hie­rro), el archipiélago está consi­derado como la cuarta región natural del planeta, a causa de sus numerosos endemismos botánicos y de la existencia de especies animales únicas. “Fue Linneo”, dice el escritor Al­fredo Herrera Piqué en su libro. Las islas Canarias, escala científica en el Atlántico, viaje­ros y naturalistas en el sigloXVIJI, “el primero en clasificar para la ciencia botánica un grupo numeroso de especies endémicas de Canarias. Ya en sus primeras obras, el grancientífico sueco se ocupó endescribir plantas de la flora ca­naria”. Alrededor de 40 espe­cies registró el botánico en sus tratados.

No olvidó ni la sabinani el brezo, ni la Euphorbia ca­nariensis o cardón, el verdemás incesante.Antes que oleadas de nórdi­cos y alemanes, a estas tierras llegaron navegantes franceses y portugueses, piratas ingleses rapiñadores y españoles ansio­sos de expandir sus imperios.

El turismo en la provincia de Santa Cruz de Tenerife tiene raíces profundas.En las islas ha llovido mucho desde que en el siglo XVIII lle­garon los primeros europeos para buscar en su cobijo reme­dio a problemas de salud. Las dos guerras mundiales inte­rrumpieron aquel flujo de visi­tantes, guiados por la aventura, pero no lograron romper el en­canto de un archipiélago si­tuado en el Atlántico, cerca del trópico de Cáncer, próximo al mismo paralelo que pasa por otro exótico territorio insular Cuba.

Este capricho de la natu­raleza mimado por las co­rrientes del Golfo, los vientos alisios y una temperatura tropi­cal constante, fue siempre foco de interés internacional,  las Canarias, y principalmente las islas occi­dentales (Tenerife, La Palma, Gomera y Hierro), fueron es­cala obligada de navegantes so­litarios y plataforma de empre­sas sobre nuevos mundos. Yaen 1885 Tenerife ganó la par­tida a Madeira, por tener un clima más seco, como lugar de reposo europeo. Su fama creció con los piropos dedicados a su paisaje por el prestigioso hu­manista Humboldt, que reco­rrieron como un reguero los ambientes más aristocráticos de la sociedad occidental.

El asen­tamiento comercial de inglesese irlandeses en el norte de la isla contribuyó decididamente a que Tenerife registrara ya en 1925 la presencia de 2.000 extranjeros. Bien es cierto que entre los motivos que llevaron a Colón a visitar Gomera en su ruta hacia las Indias y los que hoy mueven a los ciudadanos de la Comunidad Europea (CE) a invemar en esta provincia ca­naria hay un gran abismo.

Desde que en 1957 tomaron tierra en sus aeropuertos los primeros vuelos concertados, aquel turismo ecológico y me­dicinal dio paso a una industria hotelera de masas propiciada por la recuperación económica de Europa, apagadas las contien­das. El monocultivo insular del sol se ha convertido en eje cen­tral de la economía regional (el sector servicios ocupa al 58 % de la población activa y aporta el 65 % del total del productointerior bruto -PIB-).

El ar­chipiélago, con el mayor nú­mero de camas de cuatro es­trellas del país, es hoy uno de los lugares del mundo con mayor ritmo de inversión en hostelería. Las autoridades ca­narias han arbitrado medidas cautelares para proteger el 40 % de un territorio que al­berga a cuatro de los nueve parques nacionales de España (Teide, Garajonay, Timanfayay Caldera de Taburiente), tres de ellos en esta provincia, ante el creciente deterioro de un medio ambiente que despierta el interés científico mundial (fauna y flora de la Macarone­sia) y que se ve amenazado por una fuerte presión urbanística.

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