San Martín de los Andes parece una aldea de montaña que se implanta junto al lago Lácar en Neuquén, Argentina. La inmensidad de su territorio y la variedad de paisajes apabulla porque los ojos no alcanzan a mirar todo lo que ofrece, una maravilla visual de verde contrastante con el amarillo de las retamas que crecen trepando por los cerros.

Fue en 1898 cuando fue fundada por los aserraderos y desde 1937 al crearse el Parque Nacional Lalín, se convirtió en centro de elección de los turistas que se ven atrapados por la entropía pero a medida que van pasando los días comienzan a dejar de ver para mirar con calma y pensar en caminar recorriendo el sendero del lago, navegar en bote a 640 metros sobre el nivel del mar.

A las bellezas naturales se suma su arquitectura peculiar de los pioneros que se mantienen en perfecto estado de conservación como la casa de Eugenia, hoy hotel boutique pintada de azul y aberturas blancas, construida en madera de raulí o la casa con 19 ambientes de Rodolfo Koesler, primer médico del pueblo, próxima a abrirse como museo porque aún se conservan su instrumental médico, muebles y frascos con drogas con las que formulaba los medicamentos.

Otro emblema arquitectónico restaurado es la casa que el matrimonio que Roque Bello y Rosalía Contreras levantaron en 1900 con tres pisos y paredes de raulí tapizadas con papel inglés con muebles que marcan la historia y grandes ventanales.El verano con 30ºC, invita a la playa Catrite a orillas del Lácar con arena fina en medio de un bosque de robles, ñires, maitenes y radales.

Cerca de la villa se encuentra el ambiente de los mapuches con casa de cerco de palos a pique, huertas y corrales de la comunidad Curruhiuinca, muchos de ellos tienen puestos artesanales.Para los que gozan de la adrenalina pueden elegir los deportes náuticos como el kayak, windsurf, kitesurf, remo o rafting sobre los lagos Lácar, Machónico y los ríos Aluminé y Hermoso bajo la supervisación de un guía.

Las familias con hijos pueden gozar de cabalgatas diurnas o nocturnas bajo el cielo estrellado que aparece tan bajo que brinda la intención de tocar las estrellas con la mano.El hospedaje es tan variado como el paisaje contando con complejos hoteleros, spa termal, un lugar que parece increíble, un lugar de ensueño para que San Martín e los Andes sea incorporado en el archivo mnémico.

Frutillar, es la región de los lagos al sur de Chile, como capricho de la naturaleza está rodeada por 3 volcanes, un muelle de madera y casa que parecen de juguete, todo aparece perfecto, se puede pasear bordeando el lago Llanquihue para luego tentarse a subir al volcán Osorno con su pico nevado, desde lejos se puede encarar hacia los saltos de Petrohue donde cubre el manto de humedad levantado por la caída de las aguas de los saltos, un sueño hecho realidad en una ciudad que parece extraída de un cuento fantástico pero es real, tan real como las montañas, ríos, bosques y clima cambiante, porque la patagonia chilena difiere de la argentina en lenguaje, sabores y con geografía más sinuosa y accidentada.

Campo y mar abrazan la cordillera gigante, lagos circundados por praderas a orillas del lago Llanquihue con raíces alemanas colmada de casa con techos a dos aguas haciendo alusión a estas raíces con carteles por doquier ofreciendo “onces” y “kuchen”, casas de té, vidrieras con ventanas con puntillas y muñecas campesinas. Una ciudad ordenada donde se prohíben los picnics en la playa.

Llegando al centro de la ciudad frente as las Municipalidad se dibuja en la vereda un ajedrez gigante, en las cercanías el Club Alemán brinda la posibilidad de una buena comida con variedades como salchichas, chucrut y pernil, porque en los restaurantes la parrillada es de carne, la cual incluye chacinados y gran variedad de salchichas.La excelencia gastronómica no se basa en el plato principal sino en el postre con el kuchen, una tarta dulce con masa fina y cobertura de arándano, cereza, durazno, frambuesa u otra fruta a elección.

Además de caminar por sus pequeñas calles se puede tomar un descanso en las playas de arena volcánica y llegar al antiguo muelle con glorietas de madera hasta llegar a entrar al museo colonial alemán y de ese modo entender la historia del lugar. Un gran parque temático con reproducciones de las condiciones en las que llegaron los colonos alemanes hace siglo y medio. Su entrada comienza con una casona destacándose a su lado un gran molino cuyos paneles dejan plasmada la llegada de sus primeros habitantes, el tañer del herrero para turistas es atendido por un anciano que graba herraduras para los turistas.

Desde este lugar eligiendo cualquier ángulo puede divisarse perfectamente el volcán Osorno para ser admirado y fotografiado incondicionalmente.Camino al volcán parece imposible penetrar a sus cráteres laterales hasta llegar a la cima alfombrada de nieve mientras se hace el recorrido por un camino serpenteado. Subiendo por este camino rodean los bosques densos hasta dar lugar a un paisaje de piedras con color rojizo y negro de la lava.

Al subir se va abriendo la cordillera con ríos hasta la base don esperan las aerosillas.El primer tramo en ellas lleva hasta y un cráter colorado donde se puede bajar y recorrerlo, ya en el segundo tramo se va camino a la cima desde donde se divisa el cerro Tronador, el río Petrohue, el Llaquihue y del otro lado se ve muy pequeña Frutillar. Todo un esfuerzo que vale la pena, una excursión que continúa con el espectáculo que brinda el agua del Petrohue “humareda” según las lengua quechua, ya que es lo que se va a encontrar al acercarse a los saltos, un río color turquesa que cae entre las rocas volcánicas a causa de la erupción del volcán Osorno hace 600 años.Siguiendo el camino de las pasarelas se llega al espectáculo de humo, espuma y humedad con su sonido estrepitoso cerca de la tranquila figura del Osorno que luce de fondo.

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